viernes, 13 de febrero de 2009

Desamparado por Dios No te alejes de mí,




Desamparado por Dios No te alejes de mí, porque la angustia está cerca;
porque no hay quien ayude.

Salmo 22:11. Cuando los sufrimientos de nuestro Salvador llegaron a su punto extremo, él clamó a Dios: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Marcos 15:34; Salmo 22:1).
Pero no hubo respuesta, ninguna mirada llena de compasión, ni una mano que acudiera en su ayuda. ¡Cuán horroroso debió ser para aquel que había confiado constantemente en su Dios, y que podía decir: “Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios” (Salmo 22:10).
Las tres horas de tinieblas durante las que Cristo fue abandonado por Dios constituyen el comienzo de una nueva época en la historia del plan de Dios. La cuestión del pecado fue definitivamente resuelta en la cruz, conforme al pensamiento de Dios, quien tuvo que abandonar al Salvador para que ahora “la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (Romanos 5:21).
En el fondo, la respuesta al clamor de Jesús en la cruz somos nosotros, los creyentes. Él fue nuestro sustituto, fue quien cargó con nuestros pecados. Con eterna adoración meditaremos en ese amor tan grande que lo hizo bajar a esta tierra y morir en sacrificio por nosotros.
En la cruz mirad clavado
a Jesús el Salvador;
Ved qué prueba nos ha dado
de su celestial favor.
Alabemos al Cordero
que nos ama y nos amó.

Y muriendo en un madero
nuestras almas rescató.

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DIOS, EL SALVADOR DE MI ALMA

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